Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 9 de enero de 2011

Balbuciendo en tu cuerpo (Concurso de relatos Bubok, XLIV [la luna])

En tu casa o en la suya.
Los fines de semana que os tocaba en la de ella solías presentarte con un detallito u otro. De la pastelería sobre todo, para merendar durante el descanso a media tarde. Acuérdate de aquel sábado en que llegaste con media docena de trufas y, al acabar el café, te pidió que las subieras a la habitación y las dejaras sobre la mesita de noche.
La ocurrencia que tuvo. Tú que no, ella que sí, tú que no, ella que si a estas alturas va a venir la señora con remilgos; y no paró hasta que quedasteis las dos pringadas y pusisteis las sábanas perdidas. Y tú que yo ahí esta noche no duermo, y ahí sí que transigió, que hasta ese extremo podríamos llegar.
Que te hubiera gustado era lo de menos. O que, al derretirse entre su lengua y tu piel el último residuo de la última trufa pensaras que podías haber comprado media docena más. Porque lo vuestro era repetir una y otra vez el papel del primer día: descarada ella, modosita tú.
Las pequeñas venganzas también forman parte de vuestro ritual. Por eso el numerito de las trufas no se podía quedar así. Un caprichito, e imposición, de ella exigía tarde o temprano una respuesta tuya.
Esperaste hasta las vacaciones de verano en la costa. Te habías fijado, paseando junto al mar el primer día, en unas escaleras que bajaban hasta la mínima expresión de una cala. Más bien era una plataforma de cemento desde la que una escalerilla como la de las piscinas entraba en el agua. Maquinaste: allí sería la venganza.
La ocasión se presentó dos días después. Daban por televisión una película que le gustaba y te pidió que a las diez estuvierais ya en la cama del hotel para poder verla. Accediste, claro. Y procurabas que no se te quedara dormida bien dándole conversación de vez en cuando con comentarios tontos, bien con achuchones en los intermedios publicitarios. Cuando por fin acabó la película se lo propusiste:
-¿Y si nos bañamos de noche? En la cala aquella que hemos visto. Está a un paso.
-¿Pero tú sabes la hora que es?
-Poco más de medianoche. Venga, porfa...
Y allí fuisteis las dos con vuestro biquini y vuestro pareo. Extendisteis las toallas y en seguida os metisteis en el agua. Tú no estarías más de cinco minutos y aprovechaste un momento en que ella estaba algo alejada de la orilla y de espaldas a ti para subir por la escalerilla. Y en ese momento, ya llevabas las dos piezas del biquini en la mano. Te tumbaste boca arriba y pensaste que era la primera vez que estabas desnuda a la luz de la luna. Esa sensación tuya de estar desnuda y sentirte bien. Desnuda con la luna en cuarto creciente, la luna en tu cuerpo riela, imitando a Espronceda. Te habías desnudado para ella y es cierto que, por pudor, no lo habrías hecho si hubieras notado que alguien pasaba por el camino de arriba pero, a fin de cuentas, que pasara alguien no significaba que se asomara a mirar a la cala y, de todas maneras, entre la oscuridad y la distancia tampoco se distinguiría si estabas desnuda o no. Te diste la vuelta de espaldas para ofrecer el resto de superficie de tu piel a la luna y, cuando estabas pensando en cuánta gente habría estado completamente desnuda bajo la luz de la luna, oíste que salía del agua y te diste la vuelta.
-Mírala qué mona.
-¿A que no sabes lo que toca?
-No, porfa.
-Sí, porfa, a ver si vas ser tú la que venga ahora con remilgos.
-¿Y si nos ve alguien?
-Pues por eso hemos de hacerlo bien, por si nos ve alguien.
-Bueno, nos estamos cinco minutos y seguimos en el hotel.
-De eso nada. Empezamos aquí y acabamos aquí. Y además, sin prisas.
Ya estaba tumbada a tu lado y se había dejado quitar las dos piezas del biquini. Te quedaste mirándola:
-¿No te gusta sentir la luna en la piel?
-Lo que faltaba, que te pusieras tonta. Si lo hacemos, lo hacemos; y si no, nos vamos a dormir.
Te pusiste sobre ella del revés, abrió las piernas y empezaste a besarla. Y ella a ti. Como siempre: esas olas de placer que salen de su lengua y se van acercando más y más al centro de tu cuerpo. Y no era como siempre. Otras veces te iba acariciando la espalda o pasándote los dedos por la columna vertebral, pero esa noche andaba enredándote por el pelo. Aún así, sentías placer en la espalda, caricias suaves como si te rozaran sólo el vello pero que penetraban por tu piel confluyendo con las olas que venían de su lengua.
Muchas veces paráis y os dais la vuelta, sobre todo si tú has empezado encima. Porque a ella le gusta tenerte debajo para verte entonces ese gesto instintivo de levantar la cadera del suelo cuando estás a punto.
-Te toca encima. Hasta el final.
Invertís la posición y proseguís. Ráfagas y más ráfagas de placer como si una corriente os atravesara a las dos por dentro: desde tu lengua hasta la suya y desde la suya hasta la tuya.
-¿Sientes la luna en la espalda?
-...
-Dime: ¿la sientes o no? Yo la sentía y me gustaba.
-¿Te quieres callar y estar por lo que tienes que estar?
Y cuando le ibas a insistir, que tú si quieres te pones pesadita, da una sacudida:
-Así, muy bien, que cuando quieres lo haces muy bien. Sigue y no pares.
Solo que lo que lo único que le estabas haciendo era acariciarle los costados. Y notabas que, aun sin el contacto de tu lengua, se iba acelerando más y más. Y te iba acelerando. La dejas hacer. Gimes y a tu gemido sigue otro de ella. Una sacudida tuya, otra de ella, levantas la cadera, te muerde, os mantenéis las dos un momento en tensión, gritas y os dejáis caer:
-Chica, qué bien se queda una después de estas emociones.
Se había incorporado, había venido a tu lado y te abrazaba con la mejilla apoyada en tu pecho.
No volverás a desnudarla a la luz de la luna. Porque ahí sólo le pones los labios tú.

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