Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 25 de enero de 2011

22 de septiembre (Concurso de relatos Bubok, XLVI [el otoño])

Hoy ha sido un buen día, sí señora. Tus cuatro días al año no te los quita nadie. Y te pasa cuando cambia la estación, cuando está a punto de cambiar o cuando acaba de cambiar. A tu amiga Laura se lo contaste cuando aún ibais al instituto:
-Pues eso se llama ninfomanía.
-Pero sólo me pasa esos cuatro días al año.
-Coincide con los solsticios y equinoccios.
-¿Qué pasa, que te sabes todas las palabras del diccionario?
Y que fueras al médico o al psicólogo. Sí, claro, vaya consejito. ¿Para qué un médico o un psicólogo si sabías el mejor remedio? Además, si eso era una enfermedad, seguro que no era grave. Y ni estabas dispuesta a que te hicieran pruebas o análisis ni te preguntabas siquiera si a otras les ocurría lo mismo.
Porque eso es lo que te pasa, que esos días te despiertas con la brújula tiritando y la tienes así todo el día. Y prefieres estar sola en casa porque si cae en fin de semana con Enrique, que no lo sabe, aquí instalado desde que sale de trabajar el viernes hasta el domingo después del fútbol en que se va, tienes que conformarte como mucho, y es tirar largo, con tres viajes:
-Pero, niña, ¿se puede saber qué te pasa hoy?
-Que estoy mimosa.
Y si llega al tercero te mira con esos ojos de satisfacción como diciéndote que lo suyo ha sido una heroicidad.
Mejor sola en casa. Como hoy. Además, parece como si no sólo tuvieras un calendario ahí abajo sino también un reloj. Porque estos días te despiertas media hora antes de que vaya a sonar el despertador. Y aprovechas esa media hora, vaya si la aprovechas. Efectivamente, a las seis y media has abierto los ojos y ya estabas húmeda y te notabas ese picorcillo dulce. Te has pasado la mano entre el vientre y la goma del pantalón del pijama, y te has puesto. Cosita rápida y de trámite, sin exagerar ni emocionarte, tres o cuatro minutos y ya estabas lista para desayunar. Tu leche con colacao y galletas, tu zumo de naranja y a la ducha.
Ahí sí te has entretenido. Como a ti te gusta: primero lo de todos los días, enjabonarte y aclararte. Luego los adornos, un ratito dejando que el agua te cayera sobre la cabeza mientras te acariciabas despacio de cintura hacia arriba; y otro ratito enfocándote directamente el chorro de agua caliente. Sin tocarte, que para eso tenías aún todo el margen que te permitía esa media hora.
Ya en la habitación has preparado la ropa y entonces sí, te has puesto artística. En la cama de rodillas y con las piernas abiertas frente al espejo de cuerpo entero del armario, te has mirado a los ojos y parecía que tu misma imagen te estuviera retando y pidiendo que no tuvieras piedad de ti misma. Has empezado observándote a través del espejo las manos primero, la una para mantenerte bien abierta y con el dedo de la otra recorriéndote arriba y abajo despacito, muy despacito y sólo rozándote, conteniéndote, dosificando, sabiendo la diferencia que va de lo que sientes a lo que puedes sentir. Has seguido mirándote el cuerpo, que aunque no te hayas escapado de un anuncio de perfume francés, no estás mal para tus veintiocho años; y ya te frotabas con más presión y abandonándote, con el cerebro en blanco, sintiendo sólo, siendo sólo cuerpo y dejándote llevar por su fuerza. Querías acabar mirándote a los ojos y viendo cómo te iba cambiando la expresión a medida que el placer te iba inundando; te acelerabas más y más, te presionabas cada vez con más fuerza y te notabas la taquicardia y cómo tu respiración iba entrecortándose. Pero no, no has podido culminar contigo frente a frente porque has empezado a retorcerte y te has dejado caer antes de perder el equilibrio. Hasta quedar con la mano comprimida entre las piernas y mordiendo la almohada para ahogar un grito.
Y será impresión tuya pero te parece que estos días, ya en el trayecto desde casa hasta el metro de Argüelles, los hombres te miran más. Será que vas de mejor humor o que te brillan los ojillos. Tienes un rato hasta Legazpi y en días como este no puedes concentrarte en el libro que lees habitualmente ni en esos periódicos gratuitos que hay en los asientos vacíos. Porque el pensamiento se te va hacia la fiesta que te vas a organizar tú solita por la tarde. Y como crees que si sigues por ese camino se te va a poner cara de boba y te vas a delatar, hoy has entornado los ojos y has intentado pensar en otra cosa: en la jornada laboral que iba a ser, y así ha sido, tranquila en la caja de ahorros porque, siendo día veintidós, lo máximo serían los que vienen a pedir adelantos de la nómina para pagar los libros del colegio de los niños. O en tu amiga Laura, que mira que se pone pesadita; sólo faltó que hiciera la carrera de psicología con su máster y todo, y se colocara en un gabinete de selección de personal para que te ande detrás pidiéndote que hagas no sé qué test para descubrirte vete a saber qué. Si os conocéis desde la primaria, ¿qué pretenderá encontrar a estas alturas? Y no para de marearte:
-Y esas ganas que te vienen, ¿son las mismas al empezar cualquier estación?
-Pues claro, ¿por qué no iba a ser así?
-Porque abundan las depresiones estacionales al llegar la primavera y aún más el otoño. La naturaleza va apagándose y como las personas no somos más que microcosmos...
Eso sí, su palabrita intelectual que no falte, pero ya la explicabas tú dónde tienes el microcosmos. Y a la vuelta del trabajo lo mismo, procurando dispersarte mentalmente pero con unas ganas locas de llegar a casa. Y entre prepararte la comida, comer, fregar los platos y arreglar la habitación, pasarían de las cinco cuando has empezado a llenar la bañera. Y es lo que dices: por cuatro días que lo haces al año, al menos lo haces a lo grande. Porque el resto del tiempo las manos quietecitas, que te basta con lo que te da Enrique los fines de semana: otra cosa es que el viernes por la tarde estés deseandito que llegue y te lleve ensartada desde la puerta hasta la habitación.
En la bañera, tú sumergida en espuma de lavanda y quedándote traspuesta, como si los músculos se te soltaran de los tendones o de donde quiera que estén agarrados, como si cada vez pesaras menos, como si en ese momento fuera tu piel la que ordenara a tu cerebro anularse hasta quedarte dormida en un sueño que tampoco es sueño porque queda aún alguna neurona para sentir cómo el agua saliendo de la ducha que has dejado entre tus piernas intenta excitarte con sus chorritos. Tu media hora larga porque se trata de eso, no de llegar a la meta sino de disfrutar del camino.
Te secas y sales al salón desnuda. Ves el ventanal y piensas lo mismo que otras veces: ¿por qué vives en un piso tan alto sin casa enfrente y no tienes, como en las películas, un mirón que te espíe desde su telescopio? Te motivaría y quizá te esmerarías más, te pondrías tu lencería, tus botas negras con tacón de aguja... Pero ya lo has hecho bien hoy, que has dispuesto sobre la moqueta todos los cojines que has encontrado con otro bien grande en el centro para mantenerte alzada y te has tumbado. Has estado otro rato largo, que tus dos o tres horas en tensión no te las quita nadie, acariciándote desde los lóbulos de las orejas hasta las plantas de los pies entreteniéndote, eso sí, en los pechos, en los muslos y en los pelillos, y sin acercarte a lo que tu Enrique llama su zona lúdica preferida: porque lo tuyo es irte encendiendo despacio. Y lo que te gusta improvisar: pues mientras estás en eso, ¿no se te ocurre ponerte a hacer el sudoku del periódico del domingo? Te incorporas, vas al sofá y alternas: te vas frotando el puntito y, cuando encuentras un número, paras y lo escribes; sigues, vuelves a parar y, como no eres una superdotada, más de una hora habrás estado así hasta rellenar todas las casillas mientras te morías de ganas.
Vuelves a la moqueta y te pones en serio: te sientas con tu espejito y te vas recorriendo desde el umbral hacia arriba una vez y otra, sin pensar en nada, sólo mirando el espejo; te chupas el dedo y vuelves, te dejas caer, sonríes, vas sintiendo ese no sé qué dentro y, cuando no te queda casi nada, te sueltas y te incorporas de un salto.
Con las piernas temblando y todo el deseo a flor de piel te pones la bata, te lavas las manos y preparas la cena: la tortilla de patatas que sobró de ayer, una ensaladita, pones la mesa con toda tu parsimonia y entonces sí, decides que ya toca. Te tumbas en la moqueta, encuentras la postura y vuelves. Toda una apoteosis. Vaya manera de desparramarte. Las ganas que tendrías que ha sido sólo tocarte y darte un espasmo; y suspirar y jadear, y tú a toda velocidad arriba y abajo; llegas, sigues, vuelves a llegar, gimes, das sacudidas como una posesa y no puedes parar porque el cuerpo te sigue pidiendo alegría. No sabes cuántas veces habrás pasado por la cumbre y aún te oyes ese grito final, que se habrá enterado la vecina pero te da igual.
Has descansado, has cenado para reponer fuerzas y aquí estás contándolo. Pero vas a dejarlo ya porque vuelves a tener ganas y has parado antes para tocarte. Vas a volver a hacerlo en la cama las veces que haga falta porque te da la sensación de que tienes una gran responsabilidad: hasta que no estés completamente calmada el otoño no acabará de llegar ni empezarán a caerse las hojas de los árboles ni, más adelante, las castañeras sacarán sus puestos a la calle.

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