Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 29 de enero de 2011

Epigramas de Marcial, I

Traducción personal según el texto latino de M. Valerio Marcial, Epigramas selectos (Bosch [Crestomatía latina, XXI], Barcelona: 1969):

I,1
Hic est quem legis ille, quem requiris,
Toto notus in orbe Martialis Argutis epigrammaton libellis:
Cui, lector studiose, quod dedisti
Viventi decus atque sentienti,
Rari post cineres habent poetae.
I,1
Aquí está aquel al que lees, al que buscas,
el conocido en todo el orbe, Marcial,
con sus agudos librillos de epigramas;
a él, ávido lector, vas concediendo,mientras vive y siente, honores
que escasos poetas consiguen tras convertirse en ceniza.

I,4
Contigeris nostros, Caesar, si forte libellos,
Terrarum dominum pone supercilium.
Consuevere iocos vestri quoque ferre triumphi,
Materiam dictis nec pudet esse ducem.
Qua Thymelen spectas derisoremque Latinum,
Illa fronte precor carmina nostra legas.
Innocuos censura potest permittere lusus:
Lasciva est nobis pagina, vita proba.
I,4
Si por azar, César (1), alcanzas nuestros librillos,
depón ese entrecejo que domina el mundo.
También tus celebraciones triunfales están acostumbradas a soportar las bromas
y no es vergonzoso que un general sea motivo de chistes.
Con la misma actitud con la que contemplas a Thymele (2)
o al bufón latino, te ruego, pues, que leas mis cantos.
La censura puede permitir diversiones inofensivas:
mis páginas son licenciosas; mi vida, en cambio, virtuosa.
(1.- El César es Domiciano [51-96], de la dinastía Flavia)
(2.-
Thymele es voz que no aparece en el Diccionario de mitología griega y romana de P. Grimal y alude, sin duda, a fiestas dionisíacas)

I,15
O mihi post nullos, Iuli, memorande sodales,
Si quid longa fides canaque iura valent,
Bis iam paene tibi consul tricensimus instat,
Et numerat paucos vix tua uita dies.
Non bene distuleris videas quae posse negari,
Et solum hoc ducas, quod fuit, esse tuum.
Exspectant curaeque catenatique labores,
Gaudia non remanent, sed fugitiva uolant.
Haec utraque manu conplexuque adsere toto:
Saepe fluunt imo sic quoque lapsa sinu.
Non est, crede mihi, sapientis dicere
'Vivam' Sera nimis vita est crastina: vive hodie.
I,15
Oh Julio, a quien he de recordar antes que a ninguno de mis amigos
si de algo valen la continuada fe y los viejos derechos:
ya casi has visto gobernar hasta sesenta cónsules
y tu vida a duras penas podrá contar ya sino unos pocos días.
No aplaces más aquello que veas que luego podrá negársete fácilmente
y considera que sólo lo que has vivido es verdaderamente tuyo.
Nos esperan penalidades y fatigas una detrás de otra;
las alegrías no permanecen sino que vuelan fugitivas.
Tómalas con ambas manos y con un fuerte abrazo:
aún así se suelen escapar, resbaladizas, desde lo más profundo de tu pecho.
No es de sabios, créeme, decir: “Viviré”:
La vida de mañana está demasiado alejada: vive hoy.

I,16
Sunt bona, sunt quaedam mediocria, sunt mala plura
Quae legis hic: aliter non fit, Avite, liber.
I,16
Algunos son buenos, algunos medianos, malos la mayoría
de los que aquí lees: de otra manera no se hace, Ávito, un libro.

I,43
Bis tibi triceni fuimus, Mancine, vocati
Et positum est nobis nil here praeter aprum;
Non quae de tardis servantur vitibus uvae
Dulcibus aut certant quae melimela favis,
Non pira quae longa pendent religata genesta
Aut imitata brevis Punica grana rosas,
Rustica lactantes nec misit Sassina metas
Nec de Picenis venit oliva cadis:
Nudus aper, sed et hic minimus qualisque necari
A non armato pumilione potest.
Et nihil inde datum est; tantum spectavimus omnes:
Ponere aprum nobis sic et harena solet.
Ponatur tibi nullus aper post talia facta,
Sed tu ponaris cui Charidemus apro.

I,43
Hasta sesenta, Mancino, fuimos invitados a tu casa
y ayer nada se nos sirvió sino un jabalí;
ni las uvas de vides tardías, que se mantienen guardadas,
ni las manzanas azucaradas que compiten con la dulce miel,
ni las peras que cuelgan de largos lazos de retama,
ni las granadas púnicas que imitan a las rosas fugaces.
Y no envió sus quesos la rústica Sassina
ni vino la oliva en jarras de Piceno (1):
un simple jabalí, pero era tan pequeño
que podía ser muerto incluso por un enano desarmado.
Y nada más se sirvió; sólo estuvimos contemplándolo.
De esa manera sólo en la arena (del circo) se nos suele exponer un jabalí.
Que ningún jabalí se te sirva después de tales hechos
sino que seas tú servido al mismo jabalí al que fue servido Caridemo (1).
(1.- Anota M. Dolç que Caridemo puede ser un criminal así ejecutado; parece difícil, empero, tal sistema de ejecución).

martes, 25 de enero de 2011

22 de septiembre (Concurso de relatos Bubok, XLVI [el otoño])

Hoy ha sido un buen día, sí señora. Tus cuatro días al año no te los quita nadie. Y te pasa cuando cambia la estación, cuando está a punto de cambiar o cuando acaba de cambiar. A tu amiga Laura se lo contaste cuando aún ibais al instituto:
-Pues eso se llama ninfomanía.
-Pero sólo me pasa esos cuatro días al año.
-Coincide con los solsticios y equinoccios.
-¿Qué pasa, que te sabes todas las palabras del diccionario?
Y que fueras al médico o al psicólogo. Sí, claro, vaya consejito. ¿Para qué un médico o un psicólogo si sabías el mejor remedio? Además, si eso era una enfermedad, seguro que no era grave. Y ni estabas dispuesta a que te hicieran pruebas o análisis ni te preguntabas siquiera si a otras les ocurría lo mismo.
Porque eso es lo que te pasa, que esos días te despiertas con la brújula tiritando y la tienes así todo el día. Y prefieres estar sola en casa porque si cae en fin de semana con Enrique, que no lo sabe, aquí instalado desde que sale de trabajar el viernes hasta el domingo después del fútbol en que se va, tienes que conformarte como mucho, y es tirar largo, con tres viajes:
-Pero, niña, ¿se puede saber qué te pasa hoy?
-Que estoy mimosa.
Y si llega al tercero te mira con esos ojos de satisfacción como diciéndote que lo suyo ha sido una heroicidad.
Mejor sola en casa. Como hoy. Además, parece como si no sólo tuvieras un calendario ahí abajo sino también un reloj. Porque estos días te despiertas media hora antes de que vaya a sonar el despertador. Y aprovechas esa media hora, vaya si la aprovechas. Efectivamente, a las seis y media has abierto los ojos y ya estabas húmeda y te notabas ese picorcillo dulce. Te has pasado la mano entre el vientre y la goma del pantalón del pijama, y te has puesto. Cosita rápida y de trámite, sin exagerar ni emocionarte, tres o cuatro minutos y ya estabas lista para desayunar. Tu leche con colacao y galletas, tu zumo de naranja y a la ducha.
Ahí sí te has entretenido. Como a ti te gusta: primero lo de todos los días, enjabonarte y aclararte. Luego los adornos, un ratito dejando que el agua te cayera sobre la cabeza mientras te acariciabas despacio de cintura hacia arriba; y otro ratito enfocándote directamente el chorro de agua caliente. Sin tocarte, que para eso tenías aún todo el margen que te permitía esa media hora.
Ya en la habitación has preparado la ropa y entonces sí, te has puesto artística. En la cama de rodillas y con las piernas abiertas frente al espejo de cuerpo entero del armario, te has mirado a los ojos y parecía que tu misma imagen te estuviera retando y pidiendo que no tuvieras piedad de ti misma. Has empezado observándote a través del espejo las manos primero, la una para mantenerte bien abierta y con el dedo de la otra recorriéndote arriba y abajo despacito, muy despacito y sólo rozándote, conteniéndote, dosificando, sabiendo la diferencia que va de lo que sientes a lo que puedes sentir. Has seguido mirándote el cuerpo, que aunque no te hayas escapado de un anuncio de perfume francés, no estás mal para tus veintiocho años; y ya te frotabas con más presión y abandonándote, con el cerebro en blanco, sintiendo sólo, siendo sólo cuerpo y dejándote llevar por su fuerza. Querías acabar mirándote a los ojos y viendo cómo te iba cambiando la expresión a medida que el placer te iba inundando; te acelerabas más y más, te presionabas cada vez con más fuerza y te notabas la taquicardia y cómo tu respiración iba entrecortándose. Pero no, no has podido culminar contigo frente a frente porque has empezado a retorcerte y te has dejado caer antes de perder el equilibrio. Hasta quedar con la mano comprimida entre las piernas y mordiendo la almohada para ahogar un grito.
Y será impresión tuya pero te parece que estos días, ya en el trayecto desde casa hasta el metro de Argüelles, los hombres te miran más. Será que vas de mejor humor o que te brillan los ojillos. Tienes un rato hasta Legazpi y en días como este no puedes concentrarte en el libro que lees habitualmente ni en esos periódicos gratuitos que hay en los asientos vacíos. Porque el pensamiento se te va hacia la fiesta que te vas a organizar tú solita por la tarde. Y como crees que si sigues por ese camino se te va a poner cara de boba y te vas a delatar, hoy has entornado los ojos y has intentado pensar en otra cosa: en la jornada laboral que iba a ser, y así ha sido, tranquila en la caja de ahorros porque, siendo día veintidós, lo máximo serían los que vienen a pedir adelantos de la nómina para pagar los libros del colegio de los niños. O en tu amiga Laura, que mira que se pone pesadita; sólo faltó que hiciera la carrera de psicología con su máster y todo, y se colocara en un gabinete de selección de personal para que te ande detrás pidiéndote que hagas no sé qué test para descubrirte vete a saber qué. Si os conocéis desde la primaria, ¿qué pretenderá encontrar a estas alturas? Y no para de marearte:
-Y esas ganas que te vienen, ¿son las mismas al empezar cualquier estación?
-Pues claro, ¿por qué no iba a ser así?
-Porque abundan las depresiones estacionales al llegar la primavera y aún más el otoño. La naturaleza va apagándose y como las personas no somos más que microcosmos...
Eso sí, su palabrita intelectual que no falte, pero ya la explicabas tú dónde tienes el microcosmos. Y a la vuelta del trabajo lo mismo, procurando dispersarte mentalmente pero con unas ganas locas de llegar a casa. Y entre prepararte la comida, comer, fregar los platos y arreglar la habitación, pasarían de las cinco cuando has empezado a llenar la bañera. Y es lo que dices: por cuatro días que lo haces al año, al menos lo haces a lo grande. Porque el resto del tiempo las manos quietecitas, que te basta con lo que te da Enrique los fines de semana: otra cosa es que el viernes por la tarde estés deseandito que llegue y te lleve ensartada desde la puerta hasta la habitación.
En la bañera, tú sumergida en espuma de lavanda y quedándote traspuesta, como si los músculos se te soltaran de los tendones o de donde quiera que estén agarrados, como si cada vez pesaras menos, como si en ese momento fuera tu piel la que ordenara a tu cerebro anularse hasta quedarte dormida en un sueño que tampoco es sueño porque queda aún alguna neurona para sentir cómo el agua saliendo de la ducha que has dejado entre tus piernas intenta excitarte con sus chorritos. Tu media hora larga porque se trata de eso, no de llegar a la meta sino de disfrutar del camino.
Te secas y sales al salón desnuda. Ves el ventanal y piensas lo mismo que otras veces: ¿por qué vives en un piso tan alto sin casa enfrente y no tienes, como en las películas, un mirón que te espíe desde su telescopio? Te motivaría y quizá te esmerarías más, te pondrías tu lencería, tus botas negras con tacón de aguja... Pero ya lo has hecho bien hoy, que has dispuesto sobre la moqueta todos los cojines que has encontrado con otro bien grande en el centro para mantenerte alzada y te has tumbado. Has estado otro rato largo, que tus dos o tres horas en tensión no te las quita nadie, acariciándote desde los lóbulos de las orejas hasta las plantas de los pies entreteniéndote, eso sí, en los pechos, en los muslos y en los pelillos, y sin acercarte a lo que tu Enrique llama su zona lúdica preferida: porque lo tuyo es irte encendiendo despacio. Y lo que te gusta improvisar: pues mientras estás en eso, ¿no se te ocurre ponerte a hacer el sudoku del periódico del domingo? Te incorporas, vas al sofá y alternas: te vas frotando el puntito y, cuando encuentras un número, paras y lo escribes; sigues, vuelves a parar y, como no eres una superdotada, más de una hora habrás estado así hasta rellenar todas las casillas mientras te morías de ganas.
Vuelves a la moqueta y te pones en serio: te sientas con tu espejito y te vas recorriendo desde el umbral hacia arriba una vez y otra, sin pensar en nada, sólo mirando el espejo; te chupas el dedo y vuelves, te dejas caer, sonríes, vas sintiendo ese no sé qué dentro y, cuando no te queda casi nada, te sueltas y te incorporas de un salto.
Con las piernas temblando y todo el deseo a flor de piel te pones la bata, te lavas las manos y preparas la cena: la tortilla de patatas que sobró de ayer, una ensaladita, pones la mesa con toda tu parsimonia y entonces sí, decides que ya toca. Te tumbas en la moqueta, encuentras la postura y vuelves. Toda una apoteosis. Vaya manera de desparramarte. Las ganas que tendrías que ha sido sólo tocarte y darte un espasmo; y suspirar y jadear, y tú a toda velocidad arriba y abajo; llegas, sigues, vuelves a llegar, gimes, das sacudidas como una posesa y no puedes parar porque el cuerpo te sigue pidiendo alegría. No sabes cuántas veces habrás pasado por la cumbre y aún te oyes ese grito final, que se habrá enterado la vecina pero te da igual.
Has descansado, has cenado para reponer fuerzas y aquí estás contándolo. Pero vas a dejarlo ya porque vuelves a tener ganas y has parado antes para tocarte. Vas a volver a hacerlo en la cama las veces que haga falta porque te da la sensación de que tienes una gran responsabilidad: hasta que no estés completamente calmada el otoño no acabará de llegar ni empezarán a caerse las hojas de los árboles ni, más adelante, las castañeras sacarán sus puestos a la calle.

viernes, 21 de enero de 2011

Fado: António dos Santos, Partir é morrer um pouco



Adeus parceiros das farras
Dos copos e das noitadas
Adeus sombras da cidade;
Adeus langor das guitarras
Canto de esperanças frustradas
Alvorada de saudade.

Meu coração como louco
Quer desgarrar-me do peito 
Transforma em soluço a voz
Partir é morrer um pouco
A alma de certo jeito 
A expirar dentro de nós.

Voam mágoas em pedaços
Como aves que se não cansam 
Ilusões, esparsas no ar
Partir é estender os braços
Aos sonhos que não se alcançam 
Cujo destino é ficar.

Deixo a minh'alma no cais
De longe, canto sinais 
Feitos de pranto a correr
Quem morre, não sofre mais
Mas quem parte é dor demais 
É bem pior que morrer.

lunes, 17 de enero de 2011

Laura y Clara: Dando vueltas al atajo, X

Hoy vas escribir poquito. Y sobre todo para dejar correr el tiempo y porque si no te pusieras aquí estarías en un sinvivir de nervios e impaciencia. Total, que seguramente por los nervios has acabado despertándote antes de las once y ya lo tienes todo hecho, la casa apañada, has pasado la fregona por el cuarto de baño, has puesto en la cama la funda del edredón que más te gusta, la blanca con motivos florales negros...
Pasan de las tres y vas a comer ya. Y para cuando llame, que ella siempre llama antes de salir de su casa, tienes pensado salir al jardín con los guantes y las tijeras de podar y que te encuentre ahí con los jazmines que plantasteis las dos el año pasado; como si estuvieras en tus cosas y no muriéndote de ganas de darle aunque sea un mordisquito.
Te gusta que, mientras vas escribiendo, el reloj vaya corriendo. Ya falta menos.

jueves, 13 de enero de 2011

Laura y Clara: Dando vueltas al atajo, IX

Pues hoy como ayer, pero mejor. Porque ya no queda casi nada. Luego irás a trabajar, volverás a las seis de la mañana, te meterás en la cama y al despertarte casi será la hora. Lo malo es el tiempo en el trabajo, lo despacio que pasa en el turno de noche. Da igual, porque luego lo compensas con las horas que pases durmiendo, que esas no cuentan porque no te enteras: si te duermes a las seis y media y te despiertas a la una, han pasado más de seis horas sin que lo notes. Y entre que arreglas un poco la casa y alguna otra tontería ya se ha hecho la hora de que aparezca por esa puerta. Y comer algo, no se te vaya a olvidar con los nervios. Acuérdate también de cambiar las sábanas, que cuando viene ella las pones siempre limpias aunque haga sólo dos días que las has cambiado. Porque eso sí, haréis en la cama todo lo imaginable pero fuera de la cama las formas os las guardáis y se te caería la cara de vergüenza si Clara llegara y estuviera la casa por barrer o la pila llena de platos por fregar. Y la cama más aún, que se la presentas con las sábanas sin ninguna arruga y oliendo a suavizante. A ver si tiene alguna queja de ti. Y las toallas en el cuarto de baño, acuérdate también de sacar dos limpias.
Además, tienes la nevera llena para cenar lo que queráis y, si hace falta, para comer también el domingo. Aunque no crees que se quede porque los domingos va a comer a casa de su padre con el resto de la familia, no como tú que, por no aguantar a tus cuñados -o a tus hermanas, no sabes- te quedas aquí y pasas por casa de tus padres algún día suelto entre semana. Y, de todas maneras, si va a comer a casa de su padre, antes de las doce no se marcha, con lo que tenéis toda la mañana para enredar.
Y ya está, que vas a cenar algo y a trabajar. Y que sigues estando contenta. Y nerviosa, con ese no sé qué que te recorre por dentro.

domingo, 9 de enero de 2011

Balbuciendo en tu cuerpo (Concurso de relatos Bubok, XLIV [la luna])

En tu casa o en la suya.
Los fines de semana que os tocaba en la de ella solías presentarte con un detallito u otro. De la pastelería sobre todo, para merendar durante el descanso a media tarde. Acuérdate de aquel sábado en que llegaste con media docena de trufas y, al acabar el café, te pidió que las subieras a la habitación y las dejaras sobre la mesita de noche.
La ocurrencia que tuvo. Tú que no, ella que sí, tú que no, ella que si a estas alturas va a venir la señora con remilgos; y no paró hasta que quedasteis las dos pringadas y pusisteis las sábanas perdidas. Y tú que yo ahí esta noche no duermo, y ahí sí que transigió, que hasta ese extremo podríamos llegar.
Que te hubiera gustado era lo de menos. O que, al derretirse entre su lengua y tu piel el último residuo de la última trufa pensaras que podías haber comprado media docena más. Porque lo vuestro era repetir una y otra vez el papel del primer día: descarada ella, modosita tú.
Las pequeñas venganzas también forman parte de vuestro ritual. Por eso el numerito de las trufas no se podía quedar así. Un caprichito, e imposición, de ella exigía tarde o temprano una respuesta tuya.
Esperaste hasta las vacaciones de verano en la costa. Te habías fijado, paseando junto al mar el primer día, en unas escaleras que bajaban hasta la mínima expresión de una cala. Más bien era una plataforma de cemento desde la que una escalerilla como la de las piscinas entraba en el agua. Maquinaste: allí sería la venganza.
La ocasión se presentó dos días después. Daban por televisión una película que le gustaba y te pidió que a las diez estuvierais ya en la cama del hotel para poder verla. Accediste, claro. Y procurabas que no se te quedara dormida bien dándole conversación de vez en cuando con comentarios tontos, bien con achuchones en los intermedios publicitarios. Cuando por fin acabó la película se lo propusiste:
-¿Y si nos bañamos de noche? En la cala aquella que hemos visto. Está a un paso.
-¿Pero tú sabes la hora que es?
-Poco más de medianoche. Venga, porfa...
Y allí fuisteis las dos con vuestro biquini y vuestro pareo. Extendisteis las toallas y en seguida os metisteis en el agua. Tú no estarías más de cinco minutos y aprovechaste un momento en que ella estaba algo alejada de la orilla y de espaldas a ti para subir por la escalerilla. Y en ese momento, ya llevabas las dos piezas del biquini en la mano. Te tumbaste boca arriba y pensaste que era la primera vez que estabas desnuda a la luz de la luna. Esa sensación tuya de estar desnuda y sentirte bien. Desnuda con la luna en cuarto creciente, la luna en tu cuerpo riela, imitando a Espronceda. Te habías desnudado para ella y es cierto que, por pudor, no lo habrías hecho si hubieras notado que alguien pasaba por el camino de arriba pero, a fin de cuentas, que pasara alguien no significaba que se asomara a mirar a la cala y, de todas maneras, entre la oscuridad y la distancia tampoco se distinguiría si estabas desnuda o no. Te diste la vuelta de espaldas para ofrecer el resto de superficie de tu piel a la luna y, cuando estabas pensando en cuánta gente habría estado completamente desnuda bajo la luz de la luna, oíste que salía del agua y te diste la vuelta.
-Mírala qué mona.
-¿A que no sabes lo que toca?
-No, porfa.
-Sí, porfa, a ver si vas ser tú la que venga ahora con remilgos.
-¿Y si nos ve alguien?
-Pues por eso hemos de hacerlo bien, por si nos ve alguien.
-Bueno, nos estamos cinco minutos y seguimos en el hotel.
-De eso nada. Empezamos aquí y acabamos aquí. Y además, sin prisas.
Ya estaba tumbada a tu lado y se había dejado quitar las dos piezas del biquini. Te quedaste mirándola:
-¿No te gusta sentir la luna en la piel?
-Lo que faltaba, que te pusieras tonta. Si lo hacemos, lo hacemos; y si no, nos vamos a dormir.
Te pusiste sobre ella del revés, abrió las piernas y empezaste a besarla. Y ella a ti. Como siempre: esas olas de placer que salen de su lengua y se van acercando más y más al centro de tu cuerpo. Y no era como siempre. Otras veces te iba acariciando la espalda o pasándote los dedos por la columna vertebral, pero esa noche andaba enredándote por el pelo. Aún así, sentías placer en la espalda, caricias suaves como si te rozaran sólo el vello pero que penetraban por tu piel confluyendo con las olas que venían de su lengua.
Muchas veces paráis y os dais la vuelta, sobre todo si tú has empezado encima. Porque a ella le gusta tenerte debajo para verte entonces ese gesto instintivo de levantar la cadera del suelo cuando estás a punto.
-Te toca encima. Hasta el final.
Invertís la posición y proseguís. Ráfagas y más ráfagas de placer como si una corriente os atravesara a las dos por dentro: desde tu lengua hasta la suya y desde la suya hasta la tuya.
-¿Sientes la luna en la espalda?
-...
-Dime: ¿la sientes o no? Yo la sentía y me gustaba.
-¿Te quieres callar y estar por lo que tienes que estar?
Y cuando le ibas a insistir, que tú si quieres te pones pesadita, da una sacudida:
-Así, muy bien, que cuando quieres lo haces muy bien. Sigue y no pares.
Solo que lo que lo único que le estabas haciendo era acariciarle los costados. Y notabas que, aun sin el contacto de tu lengua, se iba acelerando más y más. Y te iba acelerando. La dejas hacer. Gimes y a tu gemido sigue otro de ella. Una sacudida tuya, otra de ella, levantas la cadera, te muerde, os mantenéis las dos un momento en tensión, gritas y os dejáis caer:
-Chica, qué bien se queda una después de estas emociones.
Se había incorporado, había venido a tu lado y te abrazaba con la mejilla apoyada en tu pecho.
No volverás a desnudarla a la luz de la luna. Porque ahí sólo le pones los labios tú.